Abre tu muralla.

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¿Cuántas veces has dejado escapar alguna oportunidad por su poca probabilidad a ser cierta? ¿Cuántas puertas te habrás cerrado por ni siquiera intentar lograrlo? Piensas que es imposible debido a su poca probabilidad de ser cierta.

Y es que pasamos de la improbabilidad a la imposibilidad con una facilidad pasmosa. No nos preocupamos, damos el paso al campo de la derrota y por pequeña que sea la probabilidad de éxito, consideramos una pérdida de tiempo el trabajar, EL TRABAJAR, esa pequeña probabilidad de que finalmente las cosas salgan como tú quieres.

Y así, te cierras a crecer, a surcar una senda apasionante en la que desarrollar habilidades que ni tan siquiera sabes que tienes o que tienes tan desarrolladas que se atrofian.

Te abrazas al miedo . Un reto es un miedo para ti . En realidad es pura incertidumbre y donde esté la seguridad que se quite la incertidumbre, ¿verdad?

Además, con esa falta de confianza que gastas… mejor no hacer nada raro ni nada nuevo. No sales de tu zona de confort, de la que os hemos hablado a lo largo de este blog en varias ocasiones, y te resistes al cambio. Es ese miedo a las cosas nuevas que te empuja a desarrollar una resistencia al cambio. A cualquier cambio.

Y claro, para que vas a reconocer que te estás equivocando. Fiel a tus ideas, cerrando puertas a cambios que traigan novedades , oportunidades…

Para matizar estas palabras os hemos traído hoy esta parábola.

“Un hombre, que había perdido a su esposa durante el parto, estaba criando solo a su hijo, a quien amaba más que nada en el mundo. Un día, mientras el padre estaba ausente, unos saqueadores quemaron la mayor parte del pueblo y secuestraron a su hijo.

Cuando el padre volvió, confundió uno de los cadáveres quemados y pensó que era el de su hijo. Completamente devastado, hizo cremar el cuerpo y puso las cenizas en una urna que colocó en el mejor lugar de la casa.

Días después, el niño logró escapar de los saqueadores. Corrió de regreso a casa y llamó a la puerta de la casa que su padre había reconstruido.

El hombre preguntó quién era. Cuando el muchacho contestó: “Soy yo, tu hijo, por favor, déjame entrar”, el padre apretó contra su pecho la urna con las cenizas, y pensó que otro niño del pueblo le estaba jugando una broma cruel.

“Vete”, le gritó de nuevo.

El muchacho continuó tocando en la puerta y rogándole al padre que le abriera. Sin embargo, el hombre, convencido de que no se trataba de su hijo, siguió diciéndole que se fuera.

Finalmente, el niño se dio por vencido. Se fue y nunca más volvió”

De ti depende abrir o no la puerta.

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