Zonas.

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Cuando sientes que invaden tu espacio, se activa una luz de alerta en tu interior. Tan plácidamente te hallas en tu zona de confort que no quieres saber si fuera hace frío o calor. Si la gente viene o va. Echas cerrojo y te encierras en tu cárcel, a veces llamada zona de confort.

Hablamos de esa zona de confort como ese maravilloso espacio en el que nos desenvolvemos a las mil maravillas. Ese maravilloso espacio nuestro, tuyo, mío… siempre personal y siempre intransferible; lo que a ti te vale no le tiene que ser válido a los demás. Y lo que vale en tu espacio, en el mío puede no ser tan útil.

Unos círculos de confianza (de autoconfianza) en los que, para estar al mando y al tanto de todo, pretendemos desenvolvernos en todas ocasiones y que en ocasiones vemos invadido sin miramientos. Un espacio que puede llegar a ser tan amplio como tu seguridad te permita, con esos miedos tuyos a lo que te vas a encontrar, a lo que no te funcione , a equivocarte.

Y miedos a que nos veamos en plena invasión externa y nos pongan nuestro cerrado espacio patas arriba. Atención por tanto a esas agresiones externas que pueden reducir nuestra área; esas peticiones en forma de órdenes, el estrés o ritmos diferentes que suman ocupando tu entorno y te restan espacio libre.

Es básico que tu espacio, una vez abierto, no cierre el de los demás. Amigos, pareja, familia. Cada quién lleva su ritmo de abrir y su momento de cerrar. Incluso esas creencias (erróneas) de lo que realmente está bien o está mal para ti que para mí no son tan válidas y que ni pueden ni deben usarse como excusas para invadir o para permitir la invasión.

¿Qué te impide por tanto abrir la puerta? Recuerda que esa apertura no supone abrir para que entre en ti un ritmo que no quieres, un aire que no es el tuyo. Ni tampoco para invadir el espacio ajeno. Solo abre para ventilar, para sacar al exterior lo tuyo bueno y lo malo también de ti. Ya encontrará lugar aquello que dejas salir. Tus recuerdos tristes, el miedo a perder, los éxitos que te impiden seguir creciendo mientras sigues  vanagloriándote de algo que ya pasó y que no volverá a ser un éxito, al no ser ya algo novedoso.

Sin miedo a equivocarte de lo que está saliendo hacia afuera. Aprendiendo de ti y aprendiendo de los demás. Quizá sea ese el empujón que te hace falta y que nadie te va a dar estando tan dentro de tu prisión.

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