Todo (lo malo) me pasa a mí. Sí, a mí.

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¿Te suena? ¿Quién no conoce a alguien que suele tener esta frase como “cabecera” de su desdichada vida?  Te dice con gran seriedad: “-Todo me sale mal”,  o el “-yo es que no tengo suerte”.  Y entra en un bucle al que dedica todo su esfuerzo. Toda su energía.

Tú le puedes escuchar y cuando te deja participar en su discurso-monólogo intentas aconsejar que actúe de alguna manera, que busque un cambio o que pruebe a hacer las cosas de otra manera, que así no  le funciona.  Y de buena fe, animas a que salga fuera de su zona de confort e investigue y arriesgue y pruebe…

Pero no. No se trata de  su miedo a salir de la zona de confort y empezar a cambiar. No es eso. No busca cambio. No lo quiere. Estas personas ocultan una inmadurez emocional combinada con un marcado narcisismo y una falta total de empatía. Y como resultado, la gente que les rodea, termina presentando una fatiga emocional y un alto grado de estrés. Estrés del malo, del que no puedes sacar nada positivo. Y así, estas personas, con su personalidad tan tóxica como sus negativos comentarios, sólo quieren tu energía, tu tiempo, te quieren a ti. Que bastante  energía y esfuerzo invierten en ti  contándote sus desgraciadas vidas. Pobres.

En definitiva pesimismo en estado puro. Imposible convencer de que no todo es tan negro como lo ven, tienen una buena batería con la que responder y contrarrestarte. Y tú te quedas ahí. A un paso de ser tan pesimista. Sin energía.

Como persona que eres, que somos,  termina por afectarte el estado emocional del entorno,   tal es  la circunstancia que se presenta normalmente cuando durante cierto tiempo estamos manteniendo un contacto  tan directo con estas emociones negativas. Y es que, queramos o no, las emociones se contagian.

Saben aprovecharse de una  proximidad que cuanto mayor es, más difícil resultará liberarse de ella, sin olvidar que además se aprovechan de tu tiempo. Tiempo que les dedicas a escuchar su discurso, tiempo que aprovechan para ir minándote poco a poco con sus comentarios, críticas, quejas. Eso sin contar con que abusan de tus puntos débiles atacándoles. Atacándote.

Pero no todo va a ser malo. Seguro que alguna explicación hay al  por qué de esta actitud. Tal vez un mecanismo defensa adquirido hace ya tiempo ante una situación digamos traumática. O incluso un aprendizaje al ver cómo interactuaban sus padres.

¿Qué puedes hacer tú? Descartado el complejo de sumidero,  la solución está en ti. Depende de ti plantearte tener un acercamiento y hablar abiertamente de la situación con esta persona que te absorbe,  o bien poner tierra de por medio. Son dos extremos y entre medias no hay mucha más opción. No vale quedarse sin hacer nada, aguantar y resignarse. Ya sabes que tarde o temprano y dado a que las emociones se contagian como os decimos, acabarás  con problemas psicológicos, sin descartar algún trastorno. O incluso pasándote al lado oscuro y convirtiéndote en uno de ellos.

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