Responsabilidades.

 

raros6--647x300Hemos sufrido la visita de los duendes cibernéticos y el anterior post, si lo llegaste a leer, era un despropósito de faltas, incongruencias y frases repetidas. Una forma muy elegante de escurrir el bulto en cuanto a una responsabilidad. Lo hicimos mal y punto. Lo reconocemos y lo corregimos. Con este que os escribimos hoy ya tienes dos  pendientes por leer. Hala, a leer.

Aceptar la culpa (tu culpa), el error ( tu error ), la metedura de pata… es una auténtica liberación.  Te has equivocado, vale. Pues que sepas que es lo mejor que te puede pasar. Al equivocarte aprendes, corriges e intentas no volver a caer otra vez en el mismo error. Puede que sí caigas con la rabia que te da caer otra vez en lo mismo, o tal vez caigas en uno muy muy parecido, te dices, no vaya a ser que te plagies en tus propios errores.

Así que, aceptando ese error liberas espacio, liberas peso y ganas en certeza a la hora de ir en dirección al centro mismo de tu objetivo. De lo que os venimos hablando en este blog en varios post.

Si nos sigues, imaginas bien al intuir que vamos a contaros hoy una fábula con la que podrás pensar qué actitud tomas ante tus propios errores. Dice así:

Cuando la gran biblioteca de Alejandría se quemó, dice la leyenda, que un libro se salvó. Pero no era un libro valioso; así que un hombre pobre que podía leer un poco, lo compró por unos cuantos centavos. El libro no era muy interesante, pero entre sus páginas había algo de veras interesante. ¡Era una delgada lámina de pergamino sobre el cual estaba escrito el secreto de la “piedra de toque”! La piedra de toque era una piedrecilla que podía convertir cualquier metal común en oro puro. La escritura explicaba que yacía entre miles y miles de otras piedrecillas que se veían igual que ella. Pero el secreto era este: la piedra genuina estaría cálida, mientras que las demás están frías. Solo había que buscarla. Así que el hombre vendió sus pocas pertenencias, compró algunos suministros básicos, acampó en la playa y comenzó a probar las piedrecillas. Él sabía que si recogía piedras ordinarias y las tiraba de nuevo por estar frías, podría recoger la misma piedrecilla cientos de veces. Así que cuando sentía que una estaba fría, la tiraba al mar. Invirtió un día completo haciendo esto, pero ninguna de ellas resultó ser la piedra del toque. Sin embargo él continuó haciéndolo. Recogía una piedrecilla. Fría: la tiraba al mar. Recogía otra. La tiraba al mar. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Un día, sin embargo, después del mediodía, recogió una piedrecilla y esta estaba caliente. La tiró al mar antes de darse cuenta de lo que hacía. Había desarrollado un hábito tan fuerte de tirar cada piedrecilla al mar que cuando encontró la que buscaba, la tiró cuando se percató que la última esta caliente ya era muy tarde. Así pasa con la oportunidad. A menos que estemos atentos, es fácil fallar en reconocer una oportunidad cuando se nos presenta y es igual de fácil echarla por la borda.

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