La Fábula del Erizo.

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Durante la Edad de Hielo, muchos animales murieron a causa del frío. Los erizos dándose cuenta de la situación, decidieron unirse en grupos. De esa manera se abrigarían y protegerían entre sí, pero las espinas de cada uno herían a los compañeros más cercanos, los que justo ofrecían más calor. Por lo tanto decidieron alejarse unos de otros y empezaron a morir congelados.

Así que tuvieron que hacer una elección, o aceptaban las espinas de sus compañeros o desaparecían de la Tierra. Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. De esa forma aprendieron a convivir con las pequeñas heridas que la relación con una persona muy cercana puede ocasionar, ya que lo más importante es el calor del otro.

De esa forma pudieron sobrevivir.

No hay que ser muy sagaz para darnos cuenta de que nos comportamos de la misma manera. ¿Verdad?

Cuando estamos en un grupo (a partir de dos personas, ¡ojo!)  siempre hay roces y situaciones que nos sacan de quicio. Nos provocan inseguridades y nos salen las púas que dirigimos a  amigos, a nuestra pareja, a compañeros de trabajo…. En algunas ocasiones, en bastantes más bien, dejamos de lado sus sentimientos y allá que vamos para “protegernos” de semejante ataque.

Claro que esto de tener púas… todo el mundo las tiene y,así,  también nos  exponemos a las espinas de los demás y sus aguijonazos  y a su poca empatía hacia nuestro estado emocional.

Cada una de estas espinas se reflejan en el manejo de nuestras emociones: celos,  berrinches, ataques de ira, frustraciones,… etc, y la cosa se va complicando pues estas heridas  no son solo producto del encuentro con  los demás sino que  también son el producto de nuestra relación con la sociedad en la que interactuamos.

Podemos elegir aislarnos. Y entonces… ¿qué elegimos? Podemos estar en soledad pero sin aguijonazos, un pies para qué os quiero,  frente a antes que me hagan daño o hacerlo yo y a cambio de calor y compañía, decido hacer todo lo que se me dice, vaya a ser que si no además de hacer daño, y de que me hagan daño, encima se me enfaden y se terminen por alejar, poniendo distancia que agranda así mi soledad.

Entonces ¿qué?, ¿nos acercamos y dañamos para no estar en soledad? ¿ o nos quedamos en soledad y no afrontamos “los picotazos” de los demás?  Huyes o sufres.

No es tan grave como parece. No te alarmes.La verdad es que no deberíamos dirigirte, pero esta vez sí  que lo vamos a hacer.

Tú eliges o las  consecuencias de estar en soledad o bien aguantar los pinchazos de los que te rodean, que no van a acabar contigo y, además, puedes aprender a distinguir aquellos que te llegan con todo el cariño del mundo de la gente que te aprecia, de los que te llegan con toda la mala intención de los que sí quieren dañar, pero que en el fondo no pueden. Y lo mismo pasa  con tus púas , que estamos en sociedad.

Si no caes, no te levantas y no sigues caminando. Aprende a caer sin hacerte daño, aprende a recibir los aguijonazos y aprende también a enviar los tuyos.

Después de todo  esta fábula nos trae como moraleja que la mejor relación que se puede dar entre las personas no es aquélla que nos une a alguien “perfecto”, sino que es aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y a admirar sus cualidades.

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