Si las cosas cambian, cambia tú la forma de verlas.

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“Todo pasa por algo, pero lo que no pasa, también es por algo”.

El cambio: El cambio que buscamos o el cambio que perseguimos. El que llega sin avisar o el cambio que nos avisa y al que no escuchamos. A los cambios positivos nos adaptamos bien, pero ¿qué pasa con los negativos?

Éstos nos generan incertidumbre, nos activan para que nos veamos obligados a adaptarnos a las nuevas condiciones de nuestro entorno. Un temor que se ve incrementado  por unas consecuencias que se presuponen negativas, teniéndonos que preparar para continuar con nuestro día a día  en unas  condiciones peores a las presentes.

Cuando nos hemos planteado un cambio y el resultado es que nos encontramos en otro escenario muy diferente al que nos encontramos,  debemos aclimatarnos. Un inesperado diagnóstico médico, la pérdida repentina del puesto de trabajo, de  un ser querido,…, y otras tantas situaciones que en el momento de vivirlas las sentimos como “graves” ¿Qué podemos hacer?, ¿Cómo reaccionar ante un cambio que nos viene de golpe, sin avisar, y nos deja fuera de combate?

Lo primero que tenemos que tener claro es que  ante un cambio de estas características, sus consecuencias debemos afrontarlas de manera proactiva, por lo que  no debemos derrotarnos ante él. Le daremos la bienvenida aceptando la nueva realidad con absoluta normalidad.

Entonces  ¿cómo afrontamos esta nueva situación?  y  ¿qué espacio tenemos para reaccionar?  Vamos a centrarnos en dos herramientas comunes a todas las personas : una es el poder de elección y  la otra es la tendencia que tenemos en ir a los extremos, a  polarizar.

El primero, el poder de elección: Al no tener el control sobre  aquello que nos sucede, nuestra libertad estará en cómo reaccionamos. Ese “espacio” Piensa que al  reaccionar de distintas maneras ante este acontecimiento,  “desencadenante”, podemos afrontarlo con una respuesta racional o una respuesta irracional o impulsiva y  en función de lo que escojamos habrá unas emociones determinadas  que nos lleven a actuar de una forma concreta.

Vamos a entenderlo mejor con un ejemplo: Nos situamos en  el cambio que se  le presenta a alguien que en la finalización de una relación amorosa es la parte “abandonda”. El pensamiento irracional, será del tipo: “Sin él/ella no puedo vivir”, “No seré capaz de encontrar nadie igual”  incluso “Mi vida ya no tiene sentido”. Y las consecuencias: depresión, ansiedad,… Por otro lado el pensamiento racional: “Le echaré  de menos”, “Es triste que  acabe”…, viene con consecuencias no  tan extremas y podremos experimentar la pena, la tristeza, la soledad. El dolor que nadie nos puede quitar, lo vamos a vivir de una manera mas serena.

La segunda herramienta es la tendencia a polarizar. Nos pasamos la vida evaluando como bueno o  como malo  lo que nos ocurre y esto, dependiendo de cómo lo hagamos, puede ser una fuente de insatisfacción. Tendemos  casi de manera natural a valorar las cosas como geniales o terribles sin pararnos a tener en cuenta  que hay toda una escala intermedia de valores que están entre  medias.

Así que si controlamos nuestra tendencia a polarizar y relativizamos lo que nos sucede quedándonos en el nivel intermedio que hay entre los dos extremos, tendremos como fruto unos pensamientos más objetivos y nuestras emociones serán más equilibradas y éstas vendrán acompañadas de  reacciones más serenas

Tomar conciencia de todo lo anterior ampliará nuestra capacidad y nos ayudará a ajustarnos de una manera más apropiada a aquello que  nos sucede aumentando así la  posibilidad de salir con éxito del cambio.

 

 

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